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también se encuentra a disposición de los lectores en formatos word Experiencias límites en danza Elisa Dieste García da Rosa
Introducción El cuerpo y el movimiento son los instauradores fundantes y privilegiados de un nuevo vínculo simbólico entre el paciente y el terapeuta. Se trata de un lenguaje gestual, arcaico y ancestral, anterior a la palabra; Bateson (1984) lo llamaría “analógico”, nosotros simbólico . Con el cuerpo no se puede “no comunicar”, para emplear la expresión de Watzlavick (1983). El cuerpo habla siempre, menta e interpela, más allá de elaboraciones intelectuales o de procesos mentales, y habilita un universo de relaciones que partiendo de lo finito y sensorial, acusa su sed infinita de misterio y de revelación simbólica del misterio. En sus manifestaciones peculiares y en sus múltiples vínculos utilitarios y expresivos, el cuerpo y su movimiento engendran constantemente símbolos. La danza es uno de los medios más antiguos de expresión artística y terapéutica del hombre. Con la danza creamos, cuando desde la potencialidad inconsciente surge una luminosa inspiración. Pero también desde estas mismas profundidades inconscientes emergen nuestras oscuras sombras, con sus miedos y conflictos. En ambos momentos, que muchas veces es uno solo, el hombre experimenta la extrañeza de sí mismo cuando le es dado hacerse cargo de estas vivencias extremas que, en su temblorosa subjetividad, lo comunican con lo universal. Entonces, la intimidad deviene cósmica y tiene la palabra en el movimiento. El cuerpo es el “lugar” en el que ocurre esta conjunción de opuestos: la luz y la oscuridad; lo interior y lo exterior; lo inconsciente y lo consciente. El movimiento y la danza –en un espacio que se torna dinámico porque también es duración– hacen posible el flujo de este interjuego que convoca al conocimiento de sí mismo y a la creatividad. En el campo de la danza moderna, investigamos a través de vídeos, el trabajo de tres bailarinas en las que su creatividad está unida a situaciones extremas y tortuosas desde el punto de vista psicológico. Son bailarinas con un pathos cargado de una profunda e insoslayable experiencia subjetiva cuya danza es vista desde su historia biográfica, desde los secretos de su personalidad. Mi interés en ellas reside en la Danza Movimiento Terapia (DMT), un tipo de terapia en la que intervienen el cuerpo, el movimiento y la danza, formando un conjunto semiológico donde cada componente coadyuva con el otro, en la doble dimensión de lo expresivo-artístico y de lo psicopatológico, de modo que el observador calificado obtiene múltiples claves y sugerencias para desarrollar su compleja tarea de ayuda profesional. Procuraré realizar un acercamiento a esta modalidad singular de expresión en la que se nuclean la creatividad y la enfermedad mental. Ante la vida, la historia y la expresión de estas bailarinas, al contemplarlas me pregunto: ¿Cuál es el Sits in Leben de su arte?; ¿cómo manifestaron su Dasein ? ¿Qué articulación se abre entre talento artístico y “locura”? Desde la perspectiva psicodinámico-simbólica (Byington 1983) pienso que estas tres mujeres han podido descender en sí mismas –sumidas en momentos existenciales fronterizos, moverse en su propio abismo y desde él acceder a una conciencia que, expandida, enriquecida por el contacto con los aspectos más inconscientes, puede dar forma y significado a esa creatividad. Sabemos que este camino no está exento de riesgos o peligros, ni de soledad, dolor y sufrimientos, como ocurre generalmente con todo acceso fidedigno a los estratos más hondos de lo humano, de su vivencia y de su sentido. Más adelante veremos que una de estas bailarinas finalmente sucumbió en su intrincado y enigmático abismo. Susanne Linke La danza es la expresión en movimiento de lo que interiormente nos mueve. Susanne Linke. Susanne Linke nace en 1944 en Lüneburg, Alemania. Se formó en el Instituto superior Folkwang, Essen (del que posteriormente será su directora), y en el estudio de Mary Wigman, Berlín, donde conoció a Dore Hoyre, quien habría de ser su gran modelo. En su vídeo Susanne Linke cuenta parte de su vida a través de la danza; baila su vida desde sus vivencias. Ella narra una niñez difícil, ya que hasta los seis años no podía hablar y en cambio tenía un gran desarrollo psicomotriz y espacial. Su comportamiento aislado hizo pensar en una psicosis e incluso en el autismo, a consecuencia de lo cual fue ingresada en un hospital psiquiátrico de Hamburgo, durante quince días en el que le hicieron una serie de estudios por los que pudo saberse que de pequeña había tenido una meningitis no detectada en su momento, la que le provocó un sufrimiento en el área del habla. A raíz de su estancia en el psiquiátrico y de esta imposibilidad de hablar, ella conectará con el mundo de la “locura”, y así surgirá su primera pieza, que llamó “acharnement”, que he traducido al español como “encarnizamiento”. Es sugerente esta palabra, encarnizarse, hacerse carne, porque es como si la locura se corporificara, hablara desde el cuerpo y se expresara a través de él. Me interesa detenerme en este solo puesto que para mí constituye un gran aporte a la investigación en la DMT. Ella dice que “ésta es la idea que he podido hacerme apenas de lo que es la esquizofrenia ”, o sea que baila la esquizofrenia. Esta propuesta es muy original, pero además sumamente provocadora para nosotros, psicólogos y terapeutas del movimiento y la danza, y sobre todo para nuestras “teorías” psicológicas. Bailar la esquizofrenia significa “simbolizar”. Frente a los conceptos tradicionales de la simbolización relacionada con la psicosis, nosotros quedamos perplejos. Pero no voy a detenerme en la teoría, sino que simplemente quiero hacer una aproximación fenomenológica a los símbolos y lo simbolizado que vemos en esta pieza. En primer lugar, debo destacar la gran belleza de esta obra, su expresividad plástica, su acierto estético, todo ello unido a la capacidad exquisita de transmitir la enorme conmoción de una vivencia extrema. La atmósfera de la pieza es de una gran soledad, aislamiento y tortura, los movimientos son repetitivos, compulsivos, rígidos. No hay libertad: cuerpo y alma en carne viva, desgarrados, convulsionados por la locura. Su atuendo es una blanca túnica-camisón, muy simple, despojada de atavíos, que nos sitúa en la enfermedad, en la cama, en la postración. No está descalza sino que lleva unas botas afelpadas –¿acaso para sugerir la delgada y sutil separación de la objetiva realidad terrenal?–, lo que nos da el “andar esquizo”, primitivo, arcaico, con algo de animal. De pronto se detiene a mirar con extrañeza una bota, se la quita, y se sigue moviendo con una sola, lo que puede ser una clave para entender la dislocación o disociación psíquica. Todo su trabajo gira en torno a una mesa con un mantel blanco, que ella rodea con las manos, con una mejilla, con la piel, con sus largos cabellos rubios, y se sube a ella, se baja, se vuelve a subir…, mientras va hablando ella misma e interpretando el flujo incontrolable de vivencias: “Que el mundo interior sea semejante locura […] que sea mucho más fuerte que el mundo exterior […] yo lo llamaría Jeronimus Bosch: El Infierno”. Es interesante la evolución que va tomando su relación con la mesa, parece querer extraer algo de ella o transferirle un lenguaje que la exprese o explique a ella misma. Al quitarse el mantel advertimos que hay dos mesas, y a partir de ahí Susanne Linke trabaja repetidamente con la unión y separación de las mesas –división-unión–; se oyen voces, y la música introduce el peligro del resquebrajamiento: la intensidad del pánico de su rostro, los temblores convulsionados de todo el cuerpo y la cabeza, el sudor febril, la musculatura en el máximo de tensión, la excitación vertiginosa, la lucha, la invasión: ¡la escisión! La bailarina está interpretando, su conciencia artística le permite tomar distancia, representar, esto es, hacer presente lo que está ausente, o, mejor, velado, pero al mismo tiempo el efecto que transmite al receptor –la conmoción, el estremecimiento– nos habla de la familiaridad con una experiencia límite profunda, de un mundo interno captado a través de la enfermedad, que sin embargo apunta, como vemos más adelante, a la transformación. A partir de ahí comienza su danza como creación artística y profesional. Lenta y sosegadamente se va recuperando, y con el acompañamiento del Nocturno Nº 2, Op. 9, de Chopin, nos cuenta cómo fue dándole forma a este cuerpo sin palabra que estaba encadenado. Es destacable que durante todo el vídeo aparezca el tren como símbolo del viaje interior, del proceso interno. Luego viene la danza, en el escenario, ante el público, su primer solo de una estética sublime. La creatividad desafió, sobrepujándola, a la posibilidad de la locura. Y de esta experiencia y del descubrimiento de sí misma gracias al cuerpo y su expresión, surgen sus palabras finales con el fondo de la música de Mahler: “A menudo los amigos me recomiendan representar lo bueno, lo hermoso, lo positivo. Y he probado hacerlo, pero no, no funciona, no se puede, eso no es verdadero. Para mí la verdad más grande se encuentra en la contradicción. De ahí que los caminos que sigo sobre el escenario, en mis danzas, sean un tanto sinuosos y enredados. Así es para mí a menudo la vida, que los caminos son enredados, nunca directos, el camino directo es el intelecto, la razón […] A mí me interesa la vida, lo orgánico, así es como corren los ríos y arroyos, siempre corren por venas curvas”. Lo curvo, lo sinuoso, lo tortuoso, los opuestos que se revelan y nos revelan cuando menos lo pensamos y que incluyen la totalidad desde lo vital. Para el artista, para Susanne Linke, no hay pactos con la unilateralidad, no hay consensos consigo misma. “Sí, soy contradictorio, hay en mí multitudes”, cantaba Walt Whitman en Hojas de hierba, y a esta “multitud” intrínseca se entrega el creador. Trudi Schoop
Cuando bailas estás vivo. La danza me salvó de una psicosis. Trudi Schoop. Nace en Zurich en 1903 y muere en 1999. En el vídeo vemos a Trudi Schoop ya hacia fines de su vida, en 1991, trabajando en un psiquiátrico de Hamburgo con una población de pacientes psicóticos crónicos. A su vez, en él se van narrando aspectos de su vida y cómo pasó de ser una famosa bailarina a ser una terapeuta por el movimiento y la danza. Ella nos dice que tuvo una infancia preciosa, muy libre, con tres hermanos y unos padres muy abiertos y enriquecedores. Pero, poco a poco, esta vida feliz se fue oscureciendo con el surgimiento de miedos y sentimientos de culpa. Comenzó a padecer un trastorno obsesivo-compulsivo. Nos cuenta: “La única danza que pudiera decir algo de cómo me sentía era la del esclavo […] él tenía las manos atadas a la espalda, y caminaba y caminaba, y trataba de liberarse y en el mismo momento en que se liberaba, se caía y moría [...]. Estaba obsesionada con la idea de que tenía que hacer todo tres veces, luego pensaba que tres por tres era mejor, así que tenía que hacer todo nueve veces. Cuando llegaba a casa, hacía que tocaba el timbre ocho veces para entrar, y recién a la novena tocaba el timbre. Era terrible… terrible, esas ideas obsesivas”. Trudi reveló que la danza la salvó de una psicosis, y así vemos cómo su creatividad le fue enseñando un camino a través de la misma enfermedad. Como tenía fuertes sentimientos de culpa rezaba y le pedía perdón a Dios por medio de rituales y ceremonias –propios del trastorno obsesivo para librarse de la angustia–, sirviéndose de su facilidad para la pantomima. “La forma en que rezaba era casi como una danza: rezaba sobre el estómago, luego sobre un lado con las manos así y el pie así (muestra en el vídeo). Cuando bailas estás vivo”. Cuando le asaltaban los miedos se encerraba en la sala de música de sus padres e improvisaba el ritmo: “Al poner mis miedos fuera de mí misma y darles una forma, mis estados mejoraron lentamente, las fantasías ya no me dominaban a mí, yo las dominaba a ellas. Un día, después de comer, anuncié que iba a ser bailarina”. Así lo hizo y formó un cuerpo de baile, un “ballet cómico”, con el que actuó en varias ciudades del mundo. Pero, a lo largo de los años –como ella dice–, buscaba una nueva meta en su vida hasta que un día llamó a un hospital psiquiátrico en California y dijo que quería bailar con los pacientes. Le contestaron con asombro: “¿Bailar? ¿Con pacientes psicóticos? ¿Cómo explicar a los médicos?”. Trudi Schoop fue una pionera en DMT, instaurando una metodología propia. “Para mí, la diferencia entre el escenario y el mundo psiquiátrico no era nunca demasiado grande”. La bailarina parte de la base de que el hombre se manifiesta a través de su cuerpo y de que éste es la representación visual de su ser total. Mente y cuerpo están en interacción constante y en recíproca dependencia, y esta simbiosis asegura la unidad humana. Ahora ella quería darles a los pacientes una forma de expresión que les permitiera mostrar también a ellos los sentimientos, de manera que pudieran apropiarse de sus movimientos y de su cuerpo. En las sesiones de movimiento que vi en el vídeo, Trudi trabaja con co-terapeutas, uno para cada paciente, lo cual facilita mucho la tarea; pone música, invita a los pacientes a moverse: un pie, una mano..., apenas conteniendo, dando seguridad. Asimismo, los invita a acceder a algún tipo de emoción, entonces se manifiesta al fin el enojo cuando los vemos golpeando el suelo con los pies. Trudi trabaja con los fundamentos que ha aportado Laban para abordar el movimiento, a fin de acceder a emociones que no se pueden verbalizar. El movimiento refleja estados de ánimo: los cambios en el movimiento posibilitan cambios en el estado interno, psíquico, los denotan y los connotan. “Sólo sé que me gusta esta gente –dice Trudi sin ocultar su enorme satisfacción espiritual–, realmente me gusta. Vivo sus fantasías, sus peculiaridades, su tozudez, y por supuesto, creo que porque una vez estuve en estados como esos, los entiendo. Creo que es esa la gran alegría que experimento, lo entiendo y ya no le tengo miedo”.
Dore Hoyer
Mi baile es mi hablar con los seres humanos. Dore Hoyer. Nace en 1911, en Dresden, y muere en 1967 en Berlín. En el vídeo vemos a Dore Hoyer bailando una de sus famosas piezas: Afectos humanos (Vanidad, Deseo, Odio, Angustia y Amor). Con la intención que me mueve, de una exploración psicológica en el contexto de la Danza Movimiento Terapia, luego me detendré en uno de estos afectos: Angst, Angustia, miedo. El 31 de diciembre de 1967, a los 56 años, Dore se quitó la vida al ingerir un veneno que había traído de una gira por Sudamérica. Murió como había vivido, en una dolorosa soledad. El día anterior escribió una carta de despedida en la que decía: “He llegado al fin, no puedo más, no puedo hacer otra cosa que acabar con mi vida. Ya no me siento útil para la sociedad. Desde mi primera infancia tengo el sentimiento de abandono, al margen de la comunidad con otros niños, expulsada de la sociedad. Soy consciente de haber nacido como marginada”. Su única forma de comunicarse era la danza; si no podía bailar, no tenía sentido seguir viviendo. En 1954 tuvo un accidente en el que se lesionó la rodilla. Después de recuperarse empieza a bailar de nuevo, con mucho dolor, con una voluntad admirable. El 13 de diciembre de 1967 baila su “último solo”, que puede acabar a fuerza de calmantes. “Hice mi último solo con una rodilla desgastada”. Pero sería demasiado simple ver su suicidio como causa de la rodilla destrozada. Toda su vida fue la de una persona muy atormentada, extrema, de vivencias radicales. Se sentía marginada, pero también lo fomentaba con un gran orgullo de sí misma: era diferente porque era muy valiosa. Era consciente de que, ella sola, había alcanzado un nivel muy alto. Cuando niña, una profesora de rítmica la vio bailar y le dijo que “tenía que ser bailarina”, lo que para ella significó un gran reto, fue como una iniciación, y desde ese momento lo asumió como “su camino”, con apasionada convicción. Su legado fue el de la danza libre, la danza expresiva. La nueva concepción estética se oponía al ballet clásico, estructurado y rígido. Mary Wigman era la gran maestra de esta escuela que surgía; en breve lapso Dore ascendió vertiginosamente y llegó a tener gran auge. En el año ‘33, el nacionalsocialismo arriba al poder y comienzan los obstáculos para la danza libre. El arte se volvió pobre, mediocre, superficial, previsible. Dore Hoyer no podía soportar la mediocridad; su arte no resultaba cómodo para las autoridades de entonces porque era agresivo, constituía una protesta y también una confesión. Dore se manifestaba con una actitud torturada y una autoexigencia severa por ser auténtica de verdad en su baile. Lo más importante, lo más alto y pleno de la vida era su danza, que comunicaba la verdad, pues era su único modo de conectarse con la vida. Era muy fuerte en su baile, aunque con una personalidad muy retraída, sumamente sensible, susceptible, con frecuentes caídas en estados anímicos depresivos. Su vida estuvo inmersa en situaciones difíciles: un padre autoritario del que huyó pronto, aunque no rompió el contacto familiar que mantuvo únicamente con su hermano mayor. Su relación amorosa más profunda fue con un músico dos años menor que ella. Convivieron cuatro años en la habitación de una fábrica, sin poder congeniar debido a la extrema sensibilidad de ambos; ella se separa de él que le pide que vuelva. Finalmente su pareja se suicida y a partir de entonces los sentimientos de culpa acompañarán a Dore durante toda su vida. En 1949 dirige el grupo de danza de la ópera de Hamburgo. En Berlín los críticos le otorgan un premio que es un reconocimiento a su obra y toda su trayectoria. Fue co-fundadora de la Academia Libre de las Artes en Hamburgo. Si bien –como dijimos– recibió algunos reconocimientos, los círculos artísticos influyentes de Alemania generalmente le dan la espalda. Se va a Sudamérica donde tiene más público y mejor acogida, pero esto también se acaba y a su regreso vive en la pobreza, tiene muchas deudas, se queda literalmente sin casa, conserva algunos amigos fieles que la apoyan; vive muy austeramente. En Afectos humanos muestra su arte en forma individual y personal; es realmente impresionante e inevitable que nos preguntemos: ¿De dónde surge esta danza, de qué mundo psíquico? Su cuerpo habla, bulle, se transforma, se retuerce y contorsiona con gestos y movimientos que se oponen y se mezclan, con diálogos contradictorios, paradójicos. A veces queda inmóvil, absorta, ensimismada, lejos; en otros momentos sus movimientos son rápidos, trémulos, vertiginosos, provocadores; sentimos también algo bizarro y detectamos escisiones repentinas, inesperadas. Hay en ella sin duda un anhelo grande de evasión, de éxtasis, de pérdida del Yo, lo cual pudo verse claramente cuando bailó El bolero de Ravel, en que sin parar gira durante veinte minutos (!!), logrando que su cuerpo se mantenga en diferentes posiciones. Su baile y su vida son absolutamente serios, totales, sin concesiones a lo trivial. En Afectos humanos la atmósfera es despojada, austera, esencial, podría decir Zen. Ella misma y su indumentaria artística llaman la atención: su aspecto es hermafrodita, por momentos parece hombre, en otros es mujer; sus cabellos están recogidos y encubiertos en una peluca masculina. En Angst su atuendo parece el de un refugiado carcelario, sus gestos y movimientos transmiten una angustia y una desesperación infinitas, absolutas, que parecen quedar ahogadas en su delgado cuerpo, pendientes de su patética extrañeza. Vemos las manos y brazos cruzados sobre su cabeza, que dobla sobre el estómago (la parálisis y el repliegue de la angustia); los pies, descalzos, caminando tensos hacia atrás, las piernas abiertas y las rodillas dobladas hacia fuera (la inquietud de la angustia). Inicia así su hablar con el mundo desde el dolor. Como recordamos en el epígrafe: “ Mi baile es mi hablar con los seres humanos” (énfasis agregado). Su baile habla el dolor. Es extraña su interpretación del último Afecto: Liebe (Amor); como si contara o dibujara un cuento con los brazos y las manos, no trabaja con todo el cuerpo, parece hacerlo “desde afuera”. ¿Qué le ocurre a esta mujer con lo erótico, con el amor, con la ternura? Lo dejamos planteado para una próxima línea de investigación, pues excede nuestro actual propósito. En la fuente creativa de Dore Hoyer existe una cualidad metafísica tempestuosa de antigua fuerza trágica; su danza se convirtió en una religión, fue su absoluto, se entregó a ella, vivió para ella y también se destruyó en ella. Reflexión final Luego de analizar, a modo de introducción, la danza, y algunos aspectos de la personalidad de estas tres bailarinas, me ha estremecido, una y otra vez, ver lo esencial que ha sido la danza y el movimiento en sus vidas. Fue su verdadero lenguaje, y sobre todo en dos de ellas, su cura, su felicidad, la posibilidad de una vida creativa. Entonces creo que si Susanne Linke ha bailado la esquizofrenia, Trudi Schoop ha dicho en su trabajo que “La danza la salvó de una psicosis”, en tanto Dore Hoyer ha expresado en la danza toda su tensión existencial: “Sólo puedo comunicarme con el mundo a través de mi baile”, nosotros, desde la psicología, hemos de hacernos cargo de este rico legado. Les debemos algo así como una “devolución”, seria, estudiosa, comprometida, de su lenguaje, de su cosmovisión, de su radical testimonio de vida, que, obviamente, no puede reducirse a categorías psiquiátricas. Con ello quiero decir que en este campo casi todo es nuevo en cuanto a investigación y comprensión, y que sería muy enriquecedor, tanto para la psicología como para el arte, incursionar en estos caminos explorándolos a fondo. No se trata solamente de analizar movimientos y clasificarlos o reducirlos a categorías, eso sería muy pobre, simplificador. El Arte, la Danza, la Filosofía, la Antropología, la Simbología, la Psicología, la Psicopatología, todos, en fin, están convocados para dar cuenta de lo humano y aun de lo que está más allá de lo humano. Referencias Bateson, G. (1984). La nueva comunicación. Barcelona: Cairos. Byington, C. (1987). O Desenvolvimento da Personalidade. Símbolos y Arquétipos . Sao Paulo: Ática. Jaspers, Kart (2001). Genio artístico y locura . Barcelona: El Acantilado. Watzlavick, P. (1983). Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder. FILMOGRAFÍA Susanne Linke , “Susanne Linke”. Director: Charles Picq. Francia, 1991. Trudi Schoop , “The conquest of Emptiness”. “Come dance with me”. Hamburgo 1991. Dore Hoyer , “Dore Hoyer tanzt. Eine Gedenksendung . Presentador: Klaus Geitel. Los tres vídeos fueron proporcionados por el Instituto “Goethe” de Montevideo, Uruguay, a quien agradecemos su gentileza. |
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